Rapa Nui: el arrecife que se asfixia bajo el azul profundo

El investigador Javier Sellanes, del Centro de Ecología y Manejo Sustentable de Islas Oceánicas (ESMOI) de la Universidad Católica del Norte, descendió con cámaras acopladas a robots submarinos hasta la zona mesofótica, entre los 100 y 120 metros de profundidad. Allí encontró lo inesperado frente a Hanga Roa: un manto oscuro de algas y cianobacterias cubriendo los arrecifes, bloqueando la luz, asfixiando al coral. Donde antes hubo blanco luminoso, ahora había un tapiz verde. Fuente: El Mostrador, 3 de marzo de 2026

El azul de Rapa Nui no es un simple color: es una transparencia que parece borrar el mar. En esta isla el agua es tan cristalina que engaña a la vista. Los científicos la llaman ambiente oligotrófico: pocos nutrientes, poca turbidez, una luz que cae limpia hasta lo profundo.

Allí abajo, el kare –el coral en lengua rapa nui– se levanta como un bosque de piedra iluminado desde arriba. Es hogar del Nanue, el pez jardinero que poda algas, y de las tortugas que duermen entre sus grietas. Un paraíso que, sin embargo, se está quedando sin aire.

¿Qué se sabe? La primera señal llegó en 2014. El investigador Javier Sellanes, del Centro de Ecología y Manejo Sustentable de Islas Oceánicas (ESMOI) de la Universidad Católica del Norte, descendió con cámaras acopladas a robots submarinos hasta la zona mesofótica, entre los 100 y 120 metros de profundidad. Allí encontró lo inesperado frente a Hanga Roa: un manto oscuro de algas y cianobacterias cubriendo los arrecifes, bloqueando la luz, asfixiando al coral. Donde antes hubo blanco luminoso, ahora había un tapiz verde.

La explicación no estaba en una tormenta lejana ni en un fenómeno remoto del océano abierto. Estaba bajo tierra.

Rapa Nui es una esponja volcánica. Lo que se descarga en la superficie –en pozos sépticos que reemplazan a un alcantarillado integral– se filtra por la roca y emerge en el mar. Con una población residente cercana a los 8 mil habitantes y más de 150 mil turistas al año, el nitrógeno y el fósforo de las aguas servidas comenzaron un viaje subterráneo hacia los arrecifes profundos.

No desaparecieron: percolaron.

La oceanógrafa Práxedes Muñoz encontró la huella química del desastre. A través de isótopos estables de nitrógeno, el equipo confirmó que los nutrientes que “sobrealimentan” las algas no son naturales: provienen de desechos humanos.

Al llegar a los arrecifes mesofóticos, este exceso desata una explosión de cianobacterias que forman una alfombra oscura y densa. No es solo suciedad. Es una barrera mortal que bloquea la escasa luz que llega a esa profundidad y priva a los pólipos del oxígeno y la energía necesarios para sobrevivir. Frente a Hanga Roa, lo que hoy se observa es un cementerio submarino.

En diciembre de 2025, el equipo regresó a bordo del “Santa Victoria” para comparar ese paisaje con sectores aún saludables como Anakena y Vaihu, dentro del Área Marina Costera Protegida de Múltiples Usos. Los datos preliminares son elocuentes: donde el impacto urbano es menor, el arrecife respira; donde el drenaje es constante, la biodiversidad y la biomasa de peces caen. Incluso el sonido cambia. Con tecnología acústica, los científicos comenzaron a “escuchar” el arrecife: uno sano suena como una orquesta; uno degradado, como un desierto.

El peligro que acecha a los arrecifes de Rapa Nui no llega con olas gigantes ni mareas violentas. Es invisible, lento y subterráneo. Viaja gota a gota desde la superficie hasta los 100 metros de profundidad. En el fondo del mar más cristalino del mundo, la ciencia intenta responder si este bosque de coral aún puede sanar o si estamos documentando, con precisión, sus últimos suspiros.

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